Cuando los más pequeños descubren las… “malas palabras”

  • por

El momento en que los niños dicen una mala palabra enfrente de todos, muchas veces es incómodo o gracioso para la mayoría de los adultos pero más allá del impacto que causen, lo cierto es que existen estrategias creativas con las que lidiar con las palabras “groseras”.

La mayoría de los niños son grandes imitadores, reproducen el comportamiento y el discurso que los rodea. Cuando descubren algo nuevo e impactante, lo repiten. Los chicos bien pueden haber escuchado lo que se conoce como “malas palabras” en el jardín, en la escuela, en boca de hermanos mayores o incluso de sus propios padres cuando les sorprendió un contratiempo.

En este sentido, es importante aclarar que en verdad es la reacción la que impacta más que la propia palabra. Cuando un menor descubre una palabra “grosera”, prueba el efecto que produce en los demás cuando la escuchan.

En el momento en el que un niño dice palabrotas en una fiesta familiar o en el patio de juegos, algunos padres se preocupan sobre lo que pensarán los demás. Sin embargo, los niños más pequeños no suelen ser conscientes de lo que significan los términos o expresiones en cuestión y normalmente cuando los utilizan no pretenden ofender a los demás.

No existe un remedio infalible que las erradique del vocabulario infantil, pues cada familia tiene su propia cultura en relación con las “malas palabras”.

Los expertos coinciden en que los castigos no son un buen método para evitar que los menores digan palabrotas. Tampoco hay que restarle importancia, e insisten en que los padres no deben ignorar el hecho. Ya sea en público o en la casa, cuando un niño pronuncia una palabrota los padres deben explicarle que es una palabra problemática.

Si están en edad preescolar, se les puede aclarar que las palabrotas no son agradables, que molestan y también pueden herir los sentimientos de otras personas.

Si las malas palabras están incluidas en nuestra sociedad, ¿qué pueden hacer los padres? Educar al respecto. En caso de que se quiera mantener una postura más firme, se sugiere acentuar sus valores al dejar en claro que entre ellos, ese tipo de palabras no se dicen.

Y si hay un poco más de flexibilidad, buscar juntos otras maneras de expresarse que no sean hirientes e insultantes. “¿Qué otra palabra podrías usar en vez de esas?” A veces se encontrarán palabras que quizá resulten ofensivas para la familia en un programa de televisión, un cómic o un libro. En ese caso, es válido reemplazarlas.

No podemos aislar a los niños del mundo pero sí se puede aprovechar ese momento para trabajar el pensamiento reflexivo: esta palabra es buena, esta palabra es mala -porque bueno y malo están entre las primeras diferencias que aprenden a hacer los niños-.

También hay que poner atención a qué están expuestos. Ellos están aprendiendo de nosotros, sus “principales modelos”; por eso es importante ser conscientes, por ejemplo, de los programas que ver, los adultos con los que se juntan.

Como parte del proceso del desarrollo cognitivo, el niño tiene que conocer las buenas y malas palabras, para diferenciarlas, porque de lo contrario, con toda ingenuidad, las va a repetir, aunque sin mala intención.

Hay otras palabras que, sin ser vulgares, pueden lastimar al aplicarlas a una persona, como por ejemplo: estúpido o imbécil. Esos términos no están para asustarnos, sino para ahondar con preguntas como: “¿Sabías que esta palabra daña y descalifica a la otra persona? No es bueno utilizarla”. De esta manera, se trabaja el aprendizaje, se añade vocabulario y se da formación en valores. 

También es importante ofrecer alternativas y tratar el tema con cierta complicidad. Como alternativa, padres e hijos pueden jugar a inventarse palabras inofensivas que sustituyan a las ofensivas.

Otra opción, para familias con niños mayores, es habilitar una “alcancía para groserías”; cada vez que algún miembro –incluyendo los adultos– diga una “mala palabra” tiene que introducir en ella la cantidad de dinero previamente acordada.

produce en los demás cuando la escuchan.

En el momento en el que un niño dice palabrotas en una fiesta familiar o en el patio de juegos, algunos padres se preocupan sobre lo que pensarán los demás. Sin embargo, los niños más pequeños no suelen ser conscientes de lo que significan los términos o expresiones en cuestión y normalmente cuando los utilizan no pretenden ofender a los demás.

No existe un remedio infalible que las erradique del vocabulario infantil, pues cada familia tiene su propia cultura en relación con las “malas palabras”.

Los expertos coinciden en que los castigos no son un buen método para evitar que los menores digan palabrotas. Tampoco hay que restarle importancia, e insisten en que los padres no deben ignorar el hecho. Ya sea en público o en la casa, cuando un niño pronuncia una palabrota los padres deben explicarle que es una palabra problemática.

Si están en edad preescolar, se les puede aclarar que las palabrotas no son agradables, que molestan y también pueden herir los sentimientos de otras personas.

Si las malas palabras están incluidas en nuestra sociedad, ¿qué pueden hacer los padres? Educar al respecto. En caso de que se quiera mantener una postura más firme, se sugiere acentuar sus valores al dejar en claro que entre ellos, ese tipo de palabras no se dicen.

Y si hay un poco más de flexibilidad, buscar juntos otras maneras de expresarse que no sean hirientes e insultantes. “¿Qué otra palabra podrías usar en vez de esas?” A veces se encontrarán palabras que quizá resulten ofensivas para la familia en un programa de televisión, un cómic o un libro. En ese caso, es válido reemplazarlas.

No podemos aislar a los niños del mundo pero sí se puede aprovechar ese momento para trabajar el pensamiento reflexivo: esta palabra es buena, esta palabra es mala -porque bueno y malo están entre las primeras diferencias que aprenden a hacer los niños-.

También hay que poner atención a qué están expuestos. Ellos están aprendiendo de nosotros, sus “principales modelos”; por eso es importante ser conscientes, por ejemplo, de los programas que ver, los adultos con los que se juntan.

Como parte del proceso del desarrollo cognitivo, el niño tiene que conocer las buenas y malas palabras, para diferenciarlas, porque de lo contrario, con toda ingenuidad, las va a repetir, aunque sin mala intención.

Hay otras palabras que, sin ser vulgares, pueden lastimar al aplicarlas a una persona, como por ejemplo: estúpido o imbécil. Esos términos no están para asustarnos, sino para ahondar con preguntas como: “¿Sabías que esta palabra daña y descalifica a la otra persona? No es bueno utilizarla”. De esta manera, se trabaja el aprendizaje, se añade vocabulario y se da formación en valores. 

También es importante ofrecer alternativas y tratar el tema con cierta complicidad. Como alternativa, padres e hijos pueden jugar a inventarse palabras inofensivas que sustituyan a las ofensivas.

Otra opción, para familias con niños mayores, es habilitar una “alcancía para groserías”; cada vez que algún miembro –incluyendo los adultos– diga una “mala palabra” tiene que introducir en ella la cantidad de dinero previamente acordada. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.